Historia enviada por Javier E. Nuñez*
La noticia la había traído el Laucha, que siempre estaba enterado de todo. En ese momento, cuando aun no comprendíamos del todo el asunto, la idea nos pareció maravillosa. Un editor del tiempo. Una cosa de locos, de película yanqui. Supongo que al viejo Zagarreta se le ocurrió por eso nomás, porque vivió allá y le habrán metido esas ideas en la cabeza, o no se explica de ningún modo que esa monstruosidad fuera invento de un argentino.
A mí no me pregunten cómo funcionaba: yo de esas cosas no entiendo un pomo. Sé que era un prototipo que había costado una fortuna y no sé cuantos años de investigación; no mucho más. El que más o menos entendía era el Laucha y algo dijo esa noche. Lo explicó con palabras que hasta unos giles como nosotros lo pudiéramos entender: lo comparó con un Photoshop, ese programa con el que agarran las fotos de las viejas chotas de la tele y las vuelven unas diosas. Acá, en lugar de fotos, se cargaban imágenes de video y no sé qué otras cosas que asociaban la imagen con una línea temporal. Una vez que las imágenes estaban vinculadas era como si se pudiera agarrar ese pedazo de tiempo y editarlo.
Tenía, por supuesto, limitaciones. Uno no podía hacer lo que se le cantaran los huevos. No podía, por ejemplo, meter al Brasil del ‘70 y pintarle la camiseta argentina a los negros para que fuéramos campeones del mundo. El viejo Zagarreta explicó que sería como si alguien, en el futuro, tomase una imagen de él en ese momento y le pusiese peluca y minifalda. No se iba a volver puto, pero nosotros nos llevaríamos flor de susto porque de golpe lo estaríamos viendo así como era y en el segundo siguiente le nacería, de la nada, el pelo largo y la pollera.
Lo que se podía hacer, en cambio, era alterar situaciones concretas para provocar un desenlace diferente. Siguiendo con los mundiales: se podía mover la pelota del penal de Brehme para que la ataje Goycochea. Claro que al viejo todo esto ni se le ocurría, estaba ocupado en buscar la forma de desviar bombas hacia zonas despobladas, detener catástrofes naturales, impedir atentados contra líderes mundiales y boludeces así. Pero cuando el Laucha vino y nos contó en lo que andaba el viejo Zagarreta, ninguno pensó en estas cosas. Todos, más o menos, pensamos lo mismo: cambiar una de esas jugadas que alteran el curso de un partido.
Claro, diganmé ahora que no les resulta tentador. Imaginensé ese poder al alcance de la mano, la posibilidad de modificar la historia y volcar la suerte para el lado de nuestro equipo. Por supuesto que hay otras cosas. A nosotros también se nos ocurrieron. Pero primero lo primero, viejo. Y primero está Ñúbel.
Estábamos en la casa del Pelusa preparando el fuego para el asado. El Laucha se la había guardado bien guardada, haciéndose el boludo hasta que estuviéramos los seis. Casi no había abierto la boca: tomaba vino y se mandaba, cada tanto, una rodaja de morcilla con pan o una de salamín, todo con una sonrisa bobalicona que nos hacía sospechar que se traía algo entre manos.
Al principio no le creímos. Supongan que viene alguien y, como si nada, les sale con una historia de estas, con un viejo llamado Zagarreta y una máquina para editar el tiempo. Y uno lo manda a la puta que lo parió o a hacerse romper el culo. O las dos cosas. Pero el Laucha juraba y perjuraba que era verdad, y cuando lo juró por el Loco Bielsa le creímos porque era incapaz de nombrar a Marcelo en vano.
Ahí lo encaramos desaforados: nos fuimos todos al humo y le preguntamos veinte cosas al mismo tiempo. Qué cómo, dónde, se puede esto, se puede aquello. Cuánto cuesta, preguntó el Tincho, como si hablara de un plasma o una play station. El Laucha se cagaba de risa y se hacía rogar, el muy hijo de puta. Por poco nos hace levantar la mano para hablar, como en la escuela. Pero nos fue contando todo lo que sabía y, a medida que tomábamos conciencia de lo que eso significaba, nos poníamos cada vez más locos. Julito se agarraba la cabeza a cada rato, por algo que le venía a la memoria. “Uy, ese taco de Silva en
El Laucha lo sabía todo por su cuñado, que trabajaba en
Y entonces, cuando soñábamos en voz alta con las maravillas que podíamos hacer si teníamos acceso al prototipo, cuando nos imaginábamos el delirio de forjar un presente mucho más glorioso, la desazón de los canallas si cambiábamos una que otra jugada y le cagábamos un campeonato para que se quedaran como un equipito de morondanga, sin ni siquiera la chotada esa de la conogol; cuando soñábamos despiertos pero sin intención real de hacer nada porque los riesgos eran inconmensurables, el Laucha nos tiró encima esa otra revelación. Lo dijo en voz baja, preocupado, como quien anuncia una enfermedad mortal o la sospecha de una tragedia:
—También lo saben los de
En fin, en ese instante tomamos la decisión. Porque no había, en el mundo, nada que justificara dejarles el camino libre a esos putos. Nada: ni la amenaza de perder la libertad, la familia o la vida nos iban a intimidar. Era preferible perder alguna de esas cosas —o incluso todas— antes que ver cómo se apoderaban del prototipo.
—Minga los vamo’ a dejar —dijo el Pelusa.
Lo planeamos rápido porque el Laucha ya venía con la idea más o menos masticada. Lo había soñado durante noches enteras y, desde que sabía lo de
Lo agarramos el viernes a la salida, a menos de veinte metros de la puerta. El Tincho había llevado
—Tranquilo, viejo, que no pasa naranja —le dijo, impostando la voz. Al pedo, porque el viejo no nos había visto ni escuchado en la puta vida. Nos habíamos tapado las caras con pasamontañas para parecer más profesionales, menos el Julito que no tenía y se había puesto la máscara del hombre araña rojinegra que usaba a veces para ir a la cancha.
El viejo estaba blanco, casi transparente, tan asustado que por un momento pensé que estiraba la pata ahí nomás. Cuando le explicamos de qué se trataba la cosa nos miró desconcertado, sin saber si reírse o llorar. Nos preguntó si estábamos locos. El Gordo abrió uno de los bolsos que estaban en el asiento de atrás y le mostró lo que había adentro, como para probar que hablábamos en serio.
—Bueno, pero no hagan bardo —dijo entonces—. Entro yo y les abro una ventana que da para el lado del río; así no lastiman al guardia ni se mandan ninguna macana.
—¿Así de fácil, nomás? —preguntó el Gordo.
—Y sí, muchachos. Si es para esto nomás… me viene bien para seguir las pruebas y no le hacemos mal a nadie.
El viejo no entendía un choto. Me di cuenta en ese momento, cuando lo planteó así. No tenía ni la más puta idea de lo que significaba todo eso. Me tendría que haber dado cuenta entonces del peligro que eso suponía, pero estaba tan entusiasmado como los demás y me dejé llevar.
El viejo entró solo y el guardia le hizo alguna pregunta. Desde donde estábamos no se escuchaba un pomo. Bien podría haberle batido todo, pero el viejo tenía una de esas caras que nos hacían tenerle confianza. La pegamos: a los cinco minutos abrió la ventana que daba al este y chifló para avisarnos. Dimos la vuelta para que el botón no nos viera pasar frente a la puerta y entramos.
El viejo parecía entusiasmado, qué sé yo, como si se hubiera cansado de mantener todo en secreto y necesitara ver la cara de la gente cuando explicaba la maravilla que había creado. Nos preguntó veinte veces cómo sabíamos. El Laucha se hacía el boludo y le decía que en Rosario, antes o después, todo se sabe. El viejo siguió con sus explicaciones, que para mí eran como chino básico. El único que le daba bolilla era el Laucha, que le gustaba hacer de cuenta que entendía de todo pero estaba tan perdido como el resto. Después empezó a prender los aparatos: había botones y zumbidos por todos lados, lucecitas que titilaban y unas pantallas donde se veían gráficos y números.
—Bueno, diganmé —dijo al fin—. Qué momento va a ser.
Nos miramos entre todos. Habíamos tirado mil ideas, pero todas cuando soñábamos en voz alta, sin pensar que tendríamos, de verdad, la oportunidad de hacerlo.
—Y… —dije yo—. La pelota en el palo del Negro Zamora, en la final contra el San Pablo. Si metíamos ese gol éramos campeones. A lo mejor nos empataban, pero no lo daban vuelta más.
Tincho asintió, decidido. El Laucha aplaudió con júbilo.
—No, no —dijo Julito—. Mejor la semi del ‘71. Le desviamos la palomita a Poy y que se metan los festejos en el orto.
—Dejáte de joder —dijo Tincho—. Que se queden con eso, me chupa un huevo. Ya nos vengamos en el ‘74 cuando les festejamos el campeonato en la cara y en su cancha. Dame
Empezamos a discutir, sin ponernos de acuerdo. El Gordo y el Pelusa apoyaban la propuesta de Julito y decían que, si le sacábamos eso, los canallas desaparecían porque era lo único que habían festejado en los últimos veinte años.
—Y además el placer, boludo, el secreto placer de saber que el viejo choto de Poy se tiró como un pelotudo durante treinta años para que un día le borremos todo de un plumazo —dijo el Pelusa, y con los ojos cerrados se mordió el labio inferior, en un gesto casi erótico, como si el sólo hecho de pensar en eso le provocara una eyaculación.
—Y el cuento de Fontanarrosa —se sumó el Gordo—. Que tengan que hacer un rollito con cada página para metérselo en el medio del ojete.
—En realidad —indicó el viejo Zagarreta, interrumpiendo de golpe nuestra discusión— todo el material físico que refleje el suceso alterado, sufriría una alteración equivalente o bien desaparecería si con los cambios pierde por completo su razón de ser.
El Gordo no le contestó, no sé si porque no entendió el planteo del científico o simplemente porque le pareció inoportuno putearlo antes de que pudiéramos usar la máquina. El resto siguió con la discusión: ninguno parecía dispuesto a cambiar de idea. Para colmo éramos tres de cada lado; no podíamos someterlo a votación. Pero teníamos que elegir. El Laucha se sacó los zapatos, se quitó las medias y mientras metía una dentro de otra, dijo:
—Vamos a penales.
Enseguida seguimos su ejemplo y le fuimos entregando nuestras medias para armar una pelota que, al menos, nos permitiera dirimir aquella cuestión. El viejo Zagarreta nos miraba asombrado, meneaba la cabeza en voz baja y murmuraba algunos insultos. Dijo algo sobre tirar una moneda, sobre la racionalidad, y qué sé yo qué carajo más porque ya estábamos todos corriendo dos escritorios para armar el arco en la pared del fondo.
Yo lo metí de pedo. Le di fuerte porque el Gordo tapaba todo el arco: pegó en la pata del escritorio y entró. Después pateó Julito y empató. Tuvimos que patear dos veces cada uno porque seguíamos igualados. Al final el Gordo lo tiró afuera y Tincho definió el asunto con un toque de calidad: el hijo de puta le pegó suave a un costado como si estuviera en el Bernabeu.
El viejo Zagarreta suspiró aliviado cuando los ganadores nos abrazamos para festejar. Enseguida se puso a buscar en sus archivos —tenía una base de datos, dijo, que compendiaba los sucesos más relevantes de los últimos cincuenta años en todos los tópicos imaginables, incluido el fútbol—, mientras Tincho lo gastaba al Gordo por el penal que había errado.
—Creo que lo que buscan es esto —dijo, mientras en la pantalla aparecían una serie de videos asociados con la cadena de palabras que había ingresado. Nos acercamos, con los ojos empañados. El viejo tenía un gesto algo desdeñoso, como si menospreciara la cuestión.
—Puta que los parió— dijo el Laucha, conmovido— ¡Cuánto hacía que no veía esto!
—Pero no te olvidás nunca —agregó el Pelusa—. Qué huevos tenía ese equipo, carajo: Gamboa, Berizzo, Pocchetino, el Chocho Llop, el Loco Berti. Un pacman, el Loco. Lo tenías que pasar seis veces.
—Y lo que jugaban. El Tata Martino, Zamora, Saldaña, Lunari ¿Te acordás de Lunari? Ese año la rompió. Si hasta en el plantel teníamos a un monstruo como el Yaya Rossi, que ya estaba medio de vuelta pero tenía una pegada que ni te cuento. En Chile le metió un gol a
—Y los negros, ¡qué equipo tenían! —señaló el Gordo, con respeto—. Le pintaron la cara al Barcelona, boludo; y al año siguiente al Milan. Cafú era una máquina: un surco dejaba el hijo de puta. Y Raí, cuánta categoría, viejo; y Palinha.
—Justo nos vienen a tocar estos animales —se lamentó Julito—. Porque eran una máquina, loco, una máquina. Empezaron ahí y no los paraba nadie. En cuatro años ganaron más de diez títulos, incluidas dos Libertadores y dos veces
Nos quedamos en silencio un instante, mirando los distintos monitores que mostraban imágenes del partido. Las palabras de Julito parecían sonar todavía en el aire, como un presagio. A centímetros de la gloria. Centímetros.
—Dale nomás.
Y lo cambiamos. El viejo Zagarreta buscó el momento que le pedimos, cuando saca Zetti desde el arco y el Tata Martino, que ve venir la pelota en mitad de cancha, se tira con los pies para adelante como si fuera a disputarla con un rival inexistente. Le da de aire y mete un pelotazo milimétrico para el pique del Negro Zamora, que entra al área por derecha. El Negro levanta la cabeza: ve al paragua Mendoza entrando por el medio pero tapado por los dos centrales, así que mira de nuevo el arco y busca el hueco. Le pega fuerte al primer palo.
—¡Pará! —gritamos todos juntos— ¡Ahí pará!
Ya conocíamos el resultado de memoria: infinitas noches esa misma imagen nos había espantado el sueño. Zetti que llega tarde, la pelota le pasa por debajo del cuerpo pero, caprichosa, pega en el palo y sale hacia el medio del área para pasar a centímetros del pie de Mendoza que no puede empujarla. Una de esas jugadas infernales del fútbol donde se malogra el gol no una, sino dos veces.
—Corré la pelota, apenas —le dije al viejo Zagarreta. Y todos aguantamos la respiración.
Lo que siguió es indescriptible; no sabría cómo contarlo. Ni lo que vi —esa maravilla de modificar el tiempo como si se tratara del video de un cumpleaños de quince, como si el viejo hubiese inventado la goma de Dios para borrar y reescribir la historia— ni lo que pasó después; esa locura que se desató cuando puso play de nuevo y la pelota va a parar al fondo del arco, y el Negro sale corriendo hacia el banderín para gritar el gol besándose la camiseta.
Llorábamos como chicos, miren lo que les digo. Empezamos a gritar enloquecidos, sin que nos importara un carajo que viniera el guardia, la policía o el ejército. Gritamos el gol desde las vísceras, hasta quedarnos sin aire; gritamos el gol como si la final fuera en directo y en vez de monitores fuera el televisor de casa o el mismo Morumbí; lo gritamos más todavía porque lo teníamos atragantado desde hacía años. Y nos pusimos a saltar: el Gordo peló los trapos y las camisetas que había traído en el bolso. Gritábamos Ñubel carajo como el Loco Bielsa, y lo que se nos ocurriera porque en ese momento el delirio es tan grande que uno no sabe ni qué decir. Hasta que entró el guardia a ver qué era todo ese despelote. Para comprobar si había funcionado, el viejo Zagarreta le preguntó cómo había salido el partido entre Ñubel y San Pablo en el ‘92.
Lo miró con cara de culo, re caliente. A lo mejor el tipo dormía cuando lo despertamos con los gritos y los cantos; pero era una cara de culo más profunda, como si la pregunta le molestara más que el desvelo. Con la cara que pondría uno de Central para dar esa respuesta que nos dio.
—Ganó Ñubel.
Y ahí, para qué les voy a contar. Cualquier hincha de fútbol sabe de lo que hablo; y el que no lo sabe nunca lo va a entender. Salimos a la calle, con el viejo Zagarreta también. Le habíamos puesto un gorrito de Ñuls y lo llevábamos en andas, como si el gol lo hubiera metido él. Todavía llorábamos, les juro: la cara empapada, como maricones. Pero en ese momento uno no se puede controlar. Subimos a
Paramos en el Monumento. Aunque alguien nos gritó alguna barbaridad desde un balcón estuvimos festejando como tres o cuatro horas. También Zagarreta, que no sé si saltaba de alegría porque su prototipo había funcionado o por el cagazo de que lo fajáramos si dejaba de cantar. Saltamos y cantamos como locos, hasta que llegó la policía y nos invitó a retirarnos si no queríamos terminar la joda en la comisaría.
Ustedes se preguntan, entonces, qué pasó. Si lo habíamos logrado, si todo había salido tan bien por qué, un par de días más tarde, terminó como terminó. Lo único que les puedo decir es que, después de los festejos, mientras tomábamos una cerveza para aliviar las gargantas, en el silencio de esa madrugada ajena a nuestra euforia, nos dimos cuenta de lo que habíamos destruido. Porque una de las cosas lindas que le quedaba al fútbol era eso. Una de las cosas que ni los negociados habían podido destruir, ni el poderío económico de los grandes clubes ni los intereses que los rodeaban.
La irreversibilidad de los resultados.
Eso habíamos hecho mierda. La tranquilidad de que una vez que el referí tocaba el pito, se acababa todo y no había más lola: ganabas, perdías o empatabas, pero te duraba para siempre.
Y qué sé yo, ustedes pueden pensar que se trató de una actitud egoísta; o que nos entró el cagazo pensando que algún día apareciera un grupito de hinchas de Central festejando a destiempo algo que sólo ellos sabrían; o que hicimos lo que hicimos porque somos animales que no tienen conciencia de la importancia que ese descubrimiento podía tener para la sociedad.
Pero lo que hicimos fue un bien. Sí, lo de hacerlo cagar a Zagarreta, y volar el prototipo. Un bien para la humanidad. Porque imaginensé si cada uno viene y se pone a cambiar los partidos para ajustarlos a sus propios intereses. Qué sentido tendría llorar una derrota que mañana pueda cambiarse por triunfo, o de qué valdría festejar una victoria que mañana pueda no existir.
¿Adónde iría a parar el fútbol, me quieren decir? ¿Adónde iría a parar el mundo, así?
* Hincha de Newell´s. Escritor en el blog Pijama de Calle. Nos envió este cuento que, como el mismo describe "mezcla, en tono humorístico, el fútbol y la ciencia ficción. Los protagonistas, un grupo de hinchas leprosos, descubren un proyecto secreto para crear una máquina capaz de modificar el pasado y planean utilizarla para beneficio del club de sus (nuestros) amores."
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